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Desde que el Atalaya vio acercarse las negras naves de Agamenón a tierras de Príamo, Occidente no ha dejado de repetir la misma historia en distintos escenarios: un pretexto, una guerra, un héroe y una versión de lo ocurrido. Desde entonces cada momento trascendente, cada ruptura con lo precedente pasa por la patológica costumbre de ser cronologado. Ubicar los sucesos de forma “ordenada”, vertical, jerarquizada y luego llamarle Historia es una costumbre que no nos abandona.

Héroes, villanos y víctimas; mujeres “malas y buenas”, sumisas o rebeldes, ancianos sabios o hechiceros; personajes todos que, desde el principio, han transitado las historias contadas. El atalaya también es otra figura recurrente aunque menos destacada. Un mensajero irrelevante que ha desempeñado, casi siempre, un rol instrumental. Como el resto del reparto también el atalaya fue actualizándose. Avistando la llegada de embarcaciones se estableció como personaje épico, y con el tiempo, devino funcionario. Progresivamente bajó de lo alto de la torre para sentarse en un vestíbulo vulgar. Con Kafka se tornó sospecho y ganó poder. El poder que ejercen todos aquellos que regulan y hacen cumplir el Poder. De todos modos, y pese a cualquier modernización del rol, voy a quedarme con su función convencional: un servidor que hace de mensajero.